Cultura y oficio
Doce años montando empresas con una ambición que me generaba ansiedad. Cada logro me sabía a poco. La perspectiva con la que trabajo hoy, y por qué me da mejores resultados.
Durante doce años he montado empresas con una ambición que me generaba ansiedad. Cada logro me sabía a poco: lo conseguía y ya estaba mirando la siguiente meta, más alta.
Fui a mucha terapia para entender una cosa. Mi mayor foco de ansiedad era la mentalidad con la que afrontaba el trabajo, más que el trabajo en sí.
La mentalidad de mejora constante genera valor. También tiene un coste emocional.
Querer mejorar siempre implica asumir que ahora estoy peor de lo que podría estar. Sostenido en el tiempo, eso genera ansiedad: el presente nunca es suficiente porque lo mido contra una versión mejor de mí que todavía no existe.
Lo que yo asocio a estar bien es casi lo contrario: estar a gusto con lo que hay y no necesitar más.
Mejorar exige creatividad y resolver problemas.
Una mentalidad de mejora mal llevada produce estrés, y cuando estoy estresado noto que bajan justo esas dos capacidades: la concentración y la creatividad.
Así que la ansiedad por mejorar termina frenando la mejora que persigue, y de paso me quita el disfrute del proceso.
Se ha vuelto cada vez más tecnológico: monto automatizaciones, agentes y pipelines.
Con la cabeza estresada, no construyo esos sistemas con la calidad que requieren, porque piden una concentración y una creatividad que el estrés apaga.
Un perfil de GTM —go-to-market, la función que se encarga de conseguir clientes: prospección, mensajes y venta— combina tres capacidades distintas: conocimiento técnico, creatividad y ejecución operativa.
Este rol necesita las dos, más la capacidad de ejecutarlas, y por eso exige más equilibrio emocional que un rol puramente técnico o puramente creativo: tiene que sostener los tres a la vez.
Con eso trabajo en flow, creo mejor y disfruto el proceso. Y me da mejores resultados que cuando me ponía metas enormes y vivía peleado con no alcanzarlas.